La subida hacia la Basílica de Santa Margarita lleva fuera del centro más concurrido de Cortona. Las calles se vuelven empinadas, el aire cambia y el Valdichiana se extiende cada vez más. En la cima, la iglesia une la figura de la santa con la ciudad que la acogió y guarda su memoria.
Una historia de conversión y pertenencia
Margarita llegó a Cortona en el siglo XIII y aquí construyó su propio camino espiritual, dedicándose a la oración y a los más necesitados. La basílica conserva sus restos y sigue siendo un lugar de profunda devoción. Incluso quienes llegan sin motivaciones religiosas perciben la intensa relación entre la santa, el monte y la comunidad de Cortona.
El silencio sobre la ciudad
Desde el exterior, la mirada recorre la llanura hasta los relieves más lejanos; en el interior predominan el recogimiento y la penumbra. La visita cobra fuerza precisamente en el contraste entre la amplitud del paisaje y la intimidad de la iglesia. Es una parada que invita a detenerse, antes de volver a bajar hacia las plazas de Cortona.